Últimamente las ventanas se han convertido en algo mucho más espeso que el cristal que las define. También han dejado de ser transparentes. Desde que inventaron la palabra confinamiento, las ventanas han mutado en minúsculas mirillas, inmensas balconadas o muros formidables contra un bicho invisible. Todo a la vez, todo sin sentido.
El otro día pensaba en ello mientras los gorriones, del otro lado, picoteaban restos de comida. Ellos siempre estuvieron allí, ajenos a toda esta historia de telenovela mexicana, preguntándose quizá por el exceso de paz en primavera, pero sin darle demasiada importancia, algo que quizá todos debiéramos haber hecho.
Me contaba un amigo que Pilar siempre daba de comer a los gorriones, a los herrerillos e incluso también y aunque no fuesen de su agrado, a las inteligentes urracas. Ponía semillas a primera hora de la mañana (en cuanto le daban permiso) y se sentaba a mirar desde su ventana, otorgando nombres, convencida de que podía distinguirlos a todos, los jóvenes de los viejos, los machos de las hembras, los ansiosos de los austeros…y así hasta la hora de la cena. Con el tiempo su ventana dejó de ser una ventana; se convirtió en un hide profesional que recibía visitas constantes y comentarios certeros. Me cuenta mi amigo que al cabo de unas semanas aparecieron prismáticos e incluso una guía de campo.
Hay algo mágico en observar la vida de los otros, sobretodo cuando los otros no son humanos. Llega un momento difícil de predecir en el que el cerebro conecta con un sustrato profundo, primitivo, imagino que paleolítico, que ya no entiende de familia, vecinos, amigos o enemigos; mas bien traduce sentimientos antiguos que creíamos olvidados y que son tan bellos como simples, o quizá son simples porque son bellos. Si alcanzamos ese momento, lo que observamos es lo que sentimos, literalmente, y nuestras manos tocan las ramas frías del otoño, nuestra boca saborea la escarcha y nuestros ojos…nuestros ojos entienden que la libertad es la única manera de vivir.
Me gusta pensar que Pilar sabía todo eso mucho antes de que la ingresaran en la residencia.
Cuando Pilar murió por culpa del puto virus, una ventana separaba su cuerpo del de sus seres queridos. En el comedero, los gorriones miraban al cielo.

